Algunos indicios sobre el rescate de cautivos


La década de 1820 comenzaba con una serie de violentos malones y subsiguientes acciones represivas de los ejércitos de la campaña, en coincidencia con el vuelco de los intereses de la elite mercantil hacia la conquista económica de la tierra. Es importante jerarquizar la idea de que la captura de ganados y cautivos por parte de los pueblos indígenas en los establecimientos rurales de la frontera no era un fenómeno nuevo, pero a partir de este momento, la conflictividad se incrementó, dada la intensificación del conflicto por el control de la llanura herbácea de la pampa (ámbito óptimo para la producción ganadera). En este sentido, se ha concebido a los malones como pura espontaneidad, como respuesta institiva de pueblos belicosos frente a la voluntad del Estado. Sin embargo, proponemos que los malones consituyeron expresiones de resistencia ante el proceso de ocupación y control de tierras pampeanas por parte de población cristiana. Junto con esta situación de fricción, los movimientos sociales de oposición a las tendencias hegemónicas porteñas, se expresaban de modo visible en el accionar de montoneros fronterizos que buscaban la alianza con las jefaturas indias para resistir la consolidación del régimen de dominación política con eje en Buenos Aires (Bechis, 2001; Varela y Manara, 2001). En este contexto de tensión operaban las tropas del caudillo José Miguel Carrera en acciones conjuntas con fuerzas indígenas, atacando en diversas oportunidades los pueblos rurales bonaerenses.

Poco menos de un mes después de un malón organizado por el jefe indígena ranquel Quinteleu, el Comandante Militar de Navarro envió una comisión hacia las tolderías, para tratar la devolución de diecinueve cautivas y ganados que habían sido capturados en esa oportunidad.1 Como era usual, para llegar hasta las tolderías ranquelinas, la comisión de los cristianos contó con la colaboración de indios dependientes de caciques "amigos", quienes, en retribución por esos servicios, serían recompensados con la autorización del gobierno para efectuar tratos comerciales. Las negociaciones culminaron con el rescate de dos niñas de ocho años de edad, Lescadia y Antonia, remitidas a la Guardia de Navarro y entregadas a sus padres, quienes habrían pagado veinte pesos por el rescate2. Con respecto a las diecisiete cautivas que quedaban en poder de Quintileu, los comisionados afirmaban que el cacique "se halla dispuesto a venderlas y no entregar las haciendas, así como a seguir invadiendo la frontera por ser buen vasallo del Rey de España"3. En el marco de estas negociaciones, en una carta dirigida al Gobernador, firmada por el cacique Sabiano Quintileu, se planteaban las condiciones exigidas para el rescate:

"Todas las cautivas qe. están en nuestro poder están prontas para despacharlas pero para contentar a los caciques y demas soldados que fueron a la despedision nos gratyficaran con ochosientos pesos. Estos seran en plata sellada lo qe. se pueda y lo restante en prendas de plata chatas yerba aguardiente ponchos de algodon hasi estimare a Vª no me falte en lo que pido pues no es para mí que es para los que fueron a la despedision"4.

El jefe indígena, agente central de coordinación y redistribuidor de bienes en la sociedad de jefatura, planteaba de este modo la necesidad de satisfacer a caciques menores y mocetones. Los comisionados enviados ante Quintileu declararon que el cacique accedería a devolver las diecisiete cautivas restantes si le entregaban ponchos, jergas, paños y otros efectos por valor de 400 pesos. Es decir, la mitad de lo que había planteado en la correspondencia citada, lo cual indica la flexibilidad que iban adquiriendo los valores exigidos de acuerdo a la marcha de la negociación. Los comisionados agregaban:

"Que Quintileu tiene en su poder oficios “del Gral. del ejército del Rey del Perú en que le ofrece 500 pesos por cada prisionero que le conduzcan que le llevó tres en tiempos pasados y le dió lo ofrecido Que se prepara a hacer nuevas incursiones y en sus toldos han visto algunos prisioneros y tres o cuatro armas de chispa.
Que no teme ser atacado pues asegura que despues de la primera descarga se le irá encima a nuestras tropas.
Que los enviados de los caciques amigos merecen ser gratificados pues acompañaron a los comisionados como vaqueanos hasta tres leguas de la toldería de Quintileu y les facilitaron caballos y ganado para el consumo.
Que los caciques amigos no atacan a Quintileu por temor que haga matar las cautivas, pero una vez rescatadas estas lo harán."5

En principio, surge claramente la posibilidad de acceso a bienes exógenos a los producidos en las tolderías, a cambio de la devolución de cautivas cristianas. Luego, la complicidad de caciques "amigos" con el gobierno, quienes resultarían beneficiados con permisos para comerciar en Buenos Aires y poblados rurales. Por último, es significativa la adscripción "realista" de Quintileu, quien operaba en forma conjunta con las tropas del chileno José Miguel Carreras, como parte de movimientos de oposición al ordenamiento post-independiente. En las negociaciones, Quintileu amenazaba a las autoridades militares de la frontera con el ataque directo a las tropas y los caciques "amigos" no estaban dispuestos a avanzar sobre Quintileu, argumentando que podía matar a las cautivas. En suma, el jefe ranquel se colocaba en una posición de fuerza para condicionar las acciones militares y económicas de los cristianos. Su ámbito de influencia era considerado "tierra adentro", territorio desconocido para las tropas, pero que ejercía una influencia notable sobre la campaña, motivo por el cual esta jefatura era respetada y temida6.

Gran parte de los rumores e informaciones sobre los movimientos de "tierra adentro", provenían de noticias brindadas por cautivos que lograban escapar de las tolderías. Así, un cautivo llegado al Fortín de Areco, manifestó que el cacique ranquel Pablo (aliado entonces de Quinteleu) preparaba una invasión y denunciaba a los individuos que actuaban como lenguareces cómplices de estos movimientos. Los informes del cautivo denunciaban a Andrés Chacón (calificado como facineroso, acusado de homicidio, descripto como manco, picado de viruela y muy chinudo), Juan Tapia y N. Mañingo como lenguaraces de la jurisdicción de Luján a Navarro.7 Estos sujetos, intermediarios entre las dos esferas de interacción, han sido frecuentemente caracterizados como individuos marginales que transitaban ambos mundos, participando de la red de espionaje basada en la circulación de información y el conocimiento estratégico de los asentamientos fronterizos y las tolderías.

Con alarma ante los numerosos malones que amenazaban los poblados fronterizos, en noviembre de 1820, el nuevo Comandante Militar de Navarro, capturó dos partidas de indígenas que regresaban de Buenos Aires8 Conviene mencionar que las partidas de intercambio estaban compuestas por algunos mocetones y, a veces, un número indeterminado de mujeres y niños, que solían marchar dirigidos por un capitanejo, que conducían la hacienda y transportaban bienes para el cambalacheo. Una tercera partida, que había pasado entre Navarro y Lobos, había conseguido huir.9. Las dos partidas de indios que el Comandante Militar de Navarro tenía detenidas, poseían, según la fuente, más de de 150 caballos, además de los animales que los vecinos les habían secuestrado porque habrían identificado sus respectivas marcas. Cayetano Flores pedía entonces a sus superiores autorización para secuestrar los restantes caballos "porque carece de cabalgaduras para las partidas y comisiones que desprende" desde la comandancia fronteriza.

El gobierno contestó estos oficios, informando que disponían de "buenos datos que varios caciques se oponen decididos a observar buena amistad con el Gobierno y que conviene empeñarse en auxiliarlos para fomentar su división con los opositores, y, por consecuencia, es oportuno poner en libertad las dos partidas de indios que detuvo dándoles una satisfacción cortes y urbana”10. Ante estas recomendaciones, el Comandante Flores informaba, refiriéndose a la orden de dar libertad a las dos partidas de indios detenidos, que los de una partida habían sido reconocidos por los vecinos como autores de la invasión del 22 de marzo "en que mataron, saquearon las casas y se llevaron hacienda en gran número"11. En consecuencia, había acordado con los vecinos poner en libertad sólo los indios de una partida.

Ante las disidencias que surgían con el gobierno provincial, el Comandante Flores informaba que un vecino de Navarro, llamado Juan Verdugo, había regresado de los toldos del cacique Aucayanca. El jefe indígena había prometido "bajar a Navarro en la próxima luna con cargamento de sal para cambiarla por yeguas", pero prevenía que no lo haría en el caso “que los otros indios estuvieran enojados”. Como respuesta, Flores había recurrido al aporte de los vecinos para enviar nuevamente a Verdugo a los toldos de Aucayanca, para tratar el rescate de cautivos. El vecino Juan Verdugo fue acompañado por dos indios de la partida que quedaba detenida, suponemos, en carácter de rehenes. A pesar de estos argumentos, el gobierno insistía en la orden de dar libertad a todos los indios detenidos y dejarles toda la caballada que poseían, excepto aquellos animales que se pueda probar que han sido robados, pues era necesario quitar a los caciques todo pretexto para hacer una guerra desoladora ya que el Gobierno estaba empeñado en demostrarles "buena disposición y amistad para contrarrestar la propaganda de Carrera"12.

Pero a pesar de la preocupación gubernamental por contener los ataques, los malones no cesaban. Los partes emitidos desde las guarniciones militares transmitían el impacto que tenía el malón sobre sus enemigos. El discurso primario de esos agentes, está plagado de sesgos, juicios y opiniones, que permiten vislumbrar el carácter irreductible del antagonismo, dado el aumento de la fricción interétnica. El 21 de noviembre de 1820, 160 indios habían invadido el pueblo, arreando las haciendas, caballadas y “familias de todo sexo no dejando ni ropa ni nada en todas las chacaras13”. En este contexto se dió el violento ataque al pueblo de Salto. Así relataba los sucesos un funcionario militar de la frontera:

“Acaban de llegar a este punto el cura del Salto D. Manuel Cabral, D. Blas Represa, D. Andrés Macaruci, D. Diego Barruti, D. Pedro Canoso y otros varios, que es imponderable cuanto han presenciado en la escena horrorosa de la entrada de los indios al Salto, cuyo caudillo es D. José Miguel Carrera, y varios oficiales con alguna gente, con los cuales han hablado todos estos vecinos, que en la torre se han escapado. Han llevado sobre tres cientas almas de mujeres, criaturas, etc., sacandolas de la Iglesia, robando todos los vasos sagrados, sin respetar el copon con las formas consagradas, ni dejarles como pitar un cigarro en todo el pueblo, incendiando muchas casas, y luego se retiraron tomando el camino de la guardia de Rojas; pero ya se dice que anoche han vuelto a entrar al Salto”.

Al parte de Delgado agregaba Correa que “dicen que es tanta la hacienda que llevan que todos ellos no son capaces de arrearla14”.

En el verano de 1820, tras una intensa movilización de las milicias y tropas de línea de la frontera, comenzaron las acciones de guerra para reprimir a los grupos indígenas que -en alianza con el caudillo chileno Carreras- habían atacado diversos poblados rurales.15 El 15 de diciembre de 1820, mientras el ejército a las órdenes de Martín Rodríguez acampaba en Lobos, se impartían las instrucciones al Jefe de la División Norte del ejército expedicionario:

"Empleara todos sus esfuerzos en combatir a los invasores y conviniendo a los intereses de la provincia comprometer a los indios fronterizos lo hará con los que su indispensable comercio con los cristianos les hace estrechar mas sus relaciones con Buenos Aires.
Recibirá a los enviados de los caciques y escuchará sus proposiciones sin detener sus marchas pues no debe esperar buena fe.
De cualquier modo que sean las proposiciones deberá exigirles, como deber de ellos, la devolución de los cautivos y cautivas, ganado robado y entrega de todo cristiano que desde antes de estas ocurrencias esté con ellos.
Fijará como base preliminar de cualquier negociación la entrega de Carrera, sus oficiales y tropa y la libertad del Gobierno para extender las fronteras hasta donde lo crea necesario, prometiéndoles en caso de efectuar lo primero regalarles dinero, yerba, aguardiente, ganado y yeguas en la cantidad que se le ha fijado verbalmente y el olvido a todas las injurias hechas a la provincia.
Cualquiera que sea la dificultad que presenten los caciques a sus enviados respecto a la anterior proposición los detendrá en el Ejército continuando sus marchas y operaciones.
No detendrá sus marchas por ninguna promesa de los indios; por el contrario proseguirá hostilizándolos hasta conseguir el rescate de las familias y haciendas, destruir la fuerza de Carrera y si es posible conseguir su persona y las de sus secuaces.
En caso que algún cacique tuviera propiedades usurpadas y ofreciera sus servicios contra los invasores deberá antes entregarlas en garantía de su conducta ulterior.
Prometerá regalos a las tribus amigas que quiten por la fuerza a los indios (...) y les muevan guerra activa.
Llegando la división a las tolderías cargará con todas las familias de los indios que encontrase, sirviendo estas para canje de nuestros cautivos en caso de continuar la guerra.
No admitirá neutralidad alguna. Las tribus que no han tomado parte contra nosotros deben hostilizar a los invasores y de lo contrario se usará con ellos el derecho de represalia, conciliando los intereses de la Provincia con los deberes de humanidad.
Las operaciones de guerra y marcha, serán con arreglo a las instrucciones verbales que se le han dado, teniendo siempre presente que el principal objeto es escarmentar a los indios y alejarlos para siempre de los proyectos de invasión.16 (subrayado nuestro)

La voluntad omnicomprensiva del estado naciente se revela claramente en las palabras oficiales, marcas de nacimiento ideológicas que se revelan en gran parte de las fuentes relativas a la confrontación interétnica. Poco después, partía una comisión17 enviada por orden de Martín Rodríguez para parlamentar con los jefes indios. Como resultado, se informaba que el cacique ranquel Quirulef devolvió una cautiva y dos niños capturados en Navarro. Quirulef aseguraba no haber participado en la invasión -lo cual es posible, puesto que los cautivos circulaban entre la jefaturas- y que los indios que tomaron parte del malón tuvieron un "encuentro sangriento" por falta de acuerdo en el reparto del botín. A la vez, el comisionado recomendaba que se otorgara pases para los "negocios particulares" de Catrié, Pichiloncoy y otros miembros de esa parcialidad.

Los parlamentos no impidieron que las fuerzas al mando de Martín Rodríguez atacaran poco después una toldería situada en los márgenes del arroyo Chapaleofú.18 Las tropas tuvieron que vadear el arroyo, el avance se retrasó, "por falta de explicación del vaqueano”, y los indios tuvieron tiempo de fugar.

“Este obstáculo privó que todos quedasen muertos o prisioneros, como debió suceder, y sólo se le han quitado las haciendas, compuestas de caballada, yeguada, ganado vacuno y lanar, algunos indiezuelos y chinas que no pudieron fugar, quedando en el campo diez muertos”. 19

Dos días después, el 10 de enero, Rodríguez informaba en un nuevo comunicado que las circunstancias planteadas para el día 8 habían variado absolutamente.

“Después de unos ligeros encuentros con las tribus de los caciques Ancafilú y Anepan, que ocupan estos territorios, he conseguido atraerlos igualmente que a Pichiloncoy y Catrié. Para esto ha sido preciso devolver a los primeros las haciendas, que se les habían tomado y los indiezuelos prisioneros.” 20

Los jefes indios mencionados habrían aceptado un acuerdo formal, prometiendo que en breve los lanceros se incorporarían a la expedición en carácter de aliados contra los “enemigos ranqueles”, como estrategia orientada a salvaguardar sus posiciones en el área en cuestión y a obtener la devolución de rehenes y ganados. No nos ocuparemos ahora del itinerario de la expedición y las negociaciones realizadas en su transcurso, pero adelantaremos que ni “pampas” ni “pehuelches”, de acuerdo a las quejas manifestadas por Martín Rodríguez, colaboraron con las acciones represivas que planificaba ejecutar contra los "ranqueles".

Otra comisión, integrada por un sargento mayor y un lenguaraz, fue enviada para parlamentar con el cacique principal Lincon y "demás hermanos". Los jefes indígenas manifestaron que no celebrarían la paz, mientras el gobierno no les remitiese cuatro carretas cargadas de chapeados, espuelas y estribos de plata, ponchos de calamaco, mantas de paño, una carreta llena de yerba, y cuatro esclavos para servir a las familias de cuatro caciquillos que habían muerto en la acción del Salado, probablemente aludiendo a las operaciones militares de Rodríguez. De este modo, "contentarían a las familias de los muertos en dicha acción". Comprobamos, una vez más, la posesión de esclavos, platería, textiles y yerba como bienes altamente preciados por las jerarquías indias.

“Que tampoco admitirán enviados algunos del Gobierno para tratar de paces, sin que vaya con ellos D Francisco Ramos Mexia, único sujeto a quien creen capaz de decir verdad y cumplir lo que se les prometa: que para llevar las conversaciones de lo expuesto, vendrán acompañados del oficial (...) y dos indios chasquenos, bajo la precisa condición que si estos no regresan en el plazo mínimo de 15 días, rompen la guerra, a cuyo fin se hallan reunidos desde la Sierra de la Ventana hasta Salinas: que no admiten canje por parte del gobierno de las cautivas que tienen en su poder, pero que si sus maridos o deudos van a comprarlas, están prontos a venderlas: que todo lo dicho es conforme a la exposición que le ha hecho el citado lenguaraz Valdebemiz y que por el mismo sabe mantienen comunicación con Carreras" (...) Que a mas de todo lo pedido solicitan también se les manden con los dos indios chasquenos que han venido ahora la mujer del cuñado del Cacique Pichiloncoy, que se halla en esta, al casique Chajminco y dos chasquenos mas, (...) pues son prisioneros de guerra y que entonces creerán que el gobierno desea la paz".

Todo lo que he ratificado por el mismo lenguaraz en mi presencia, y firmó el precisado oficial comisionado. Bs. As. Mayo 23. 182121.

El rol de Ramos Mexía, mediador entre indios y cristianos constituyó un problema para la estrategia ofensiva de Martín Rodríguez, situación que llevó al alejamiento forzado del hacendado de las tierras que le habían sido concedidas al sud del Salado. Los condicionamientos que imponían los caciques para "aceptar la paz" implicaban plazos para el regreso de los chasques, negativa a devolver las cautivas en forma colectiva sino "una a una" para obtener los beneficios de la "venta" a sus parientes, solicitud de devolución de la mujer de un integrante de la jerarquía indígena y de un cacique.

Como vemos, la práctica de toma de rehenes (especialmente mujeres y niños) fue un instrumento de presión utilizado tanto por indios como por cristianos para obtener la devolución de hacienda, la entrega de productos o el acceso a determinados territorios. La expedición a Sierra de la Ventana realizada en 1822 al mando del célebre funcionario militar Pedro Andrés García22 se concretó en alianza con el cacique Cayupilqui quien se trasladó a Buenos Aires acompañado de catorce indios, -hijos, deudos y parientes de caciques (según García, "chasquis")- para ratificar al gobierno la adhesión a la paz. Se trataba de una comitiva integrada por personas vinculadas por parentesco al jefe principal, manifestación de la estructura social compleja de las jefaturas indias.23 Así partió Pedro Andrés García junto a los catorce indios chasquis y el caciquillo o capitán cona Antiguan.

Sin embargo, las tropas debieron permanecer en la Comandancia Militar de Lobos. El cacique ranquel Pablo, en alianza con "tránsfugas, desertores y resto de chilenos de los Carreras que aún existían entre ellos."24, preparaba un inminente malón, amenazando a las poblaciones de la frontera. Entonces, Antiguan (el caciquillo dependiente de Cayupilqui), fue enviado con el propósito de ratificar el compromiso de paz con los principales caciques pampeanos (pampas, ranqueles y huiliches), acordando volver en quince días. García reflexionaba que parecía no haber un motivo para temer un movimiento ofensivo de los pueblos indígenas, ni aún del que amenazaba concretar el cacique ranquel Pablo. Como garantía de paz contaba con rehenes, además de numerosas partidas de indios de comercio que existían en la capital, además de los que acompañaban a la comisión. Todas estas circunstancias le hacían pensar que los indios no iban a arriesgar sus personas e intereses. Una vez reunidos en los toldos, Antiguan expuso ante el resto de los caciques el propósito de su viaje, argumentando en favor de la paz

"urgiendo más esta pronta medida, cuando de ella dependía la existencia del cacique Cayupilqui, que de acuerdo con todos los de su clase, se hallaba prestado con Antiguan a quedar en rehenes, mientras se hiciese la paz que ellos habían pedido".

Antiguan manifestó que si se concretaba el malón liderado por el cacique Pablo, eso significaría sacrificar a Cayupilqui y a los demás indios que se hallaban en Buenos Aires. Los caciques Pablo, Calimacú y Ancafilú, se manifestaron contrarios a la paz, y Antiguan argumentó que vengaría la sangre de Cayupilqui y de las demás víctimas, procediendo contra sus autores. Evidentemente, la lealtad al cacique que había quedado "en rehenes", actuaba como un poderoso mecanismo de presión. Antiguan justificaba la necesidad de la alianza, argumentando que había que tener en cuenta:

"...los males de la guerra, la pérdida de su comercio; la de muchos artículos de consumo entre ellos, que ya se habían hecho como de primera necesidad; la inquietud y continua agitación en que vivían, huyendo de unos y temiendo de otros".

La mención a la pérdida del comercio y de artículos de consumo, remite al incremento de la dependencia de los grupos indígenas respecto del acceso a bienes cuya producción no controlaban (armas, vestimenta, artículos de consumo, bebidas alcohólicas). Paulatinamente, se fue constituyendo un dispositivo de poder muy eficaz: el comercio controlado y regulado desde el estado. (Boccara, 1996).

Sin embargo, esta situación no impedía los manifestaciones de resistencia y la activación del sentido de pertenencia étnica en situación de confrontación con los cristianos. Pablo y otros jefes indígenas,protagonistas de los malones que habían invadido la frontera norte y sur, proseguían manifestando su descontento. No continuaremos relatando las alternativas del parlamento, aunque adelantaremos que el cacique Neclueque, conocido por el Platero, y el jefe indígena Lincon "el cacique principal y el más antiguo", adherían a la aceptación de la paz, y se dirigieron en tono amenazante a todo aquel que fuese de contraria opinión.

Finalmente, el 19 de abril, a los 19 días de haber salido de la guardia de Lobos, después del parlamento, regresó Antiguan, acompañado en esta oportunidad por catorce indios, parientes e inmediatos deudos de los caciques, un enviado por cada cacique principal, "con otras varias partidas de comercio que pasaron a esta capital". 25 Nuevamente, el comercio controlado surge como indicador de los estrechos lazos de intercambio que conectaban a las jefaturas indias y la sociedad estatal.

Unas breves palabras sobre la estructura socio-polítca de las jefaturas. Las guerras entre agrupaciones y entre familias de una misma agrupación eran corrientes, siendo su causa, según el planteo de Bengoa (1985), el control del liderazgo. En ese sentido, las disidencias entre Pablo, Quintileu y Bielma versus Lincon, Neclueque y Antiguan, expresan parte de la competitividad propia de las jefaturas indias. Los principales jefes realizaba alianzas -y subordinaciones- entre sí, formando agrupaciones, éstas realizaban también alianzas entre sí, formando confederaciones de carácter relativamente estable, o puntuales en torno a algún hecho bélico específico.

Poco después, hacia 1823, cuando Martín Rodríguez se hallaba al frente del ejército expedicionario que realizaba tareas de construcción del Fuerte de la Independencia, un lenguaraz que había enviado para establecer comunicación con los caciques pampas informaba que los jefes indígenas no se opondrían a la instalación de la nueva guardia, y se ofrecían a hacer la guerra contra los ranqueles. A la vez, solicitaban “todos sus prisioneros”. Rodríguez consintió, manifestando que cumpliría con ese pedido “para la vuelta de la campaña”, con la condición de que el comportamiento de los indios correspondiera a lo prometido. Como solía ocurrir, el marco de estas negociaciones implicaba el retorno de los lenguaraces acompañados de enviados de los caciques principales para recibir obsequios, además del arribo de partidas de indígenas con artículos de comercio. Mediante estas concesiones, Rodríguez aspiraba a concretar la alianza de sus jefes en la guerra contra los ranqueles.26

Participaban de esas negociaciones, entre otros, los jefes indígenas Pichiloncoy, Cayupilqui y Lincon. En el marco de un parlamento dirigido por el anciano cacique principal Lincon, el general del Ejército en campaña, Rondeu, presente en la reunión, “usando de la recíproca” invitó a los caciques a visitar el campamento militar donde se hallaba Martín Rodríguez. Los caciques contestaron entonces que para acceder, era menester que se dejasen rehenes en su poder. Entonces, dos oficiales quedaron con los indios, retirándose la comitiva del ejército llevando en su compañía a los dos caciques principales, Lincon y Cayupilqui. Como era habitual, ingresaron a visitar el campamento un centenar de indígenas (entre indios y chinas).

“Su Exa. por medio del intérprete, trató de entrar al tratado de que nada se habia hablado, es decir, los medios que debian facilitar para hacer la campaña sobre los Ranqueles; sobre la compra de los terrenos nuevamente adquiridos, entrega de prisioneros, y en fin sobre tratados de una paz perpetua.” 27

Sin embargo, nuevamente, Martín Rodríguez no pudo concretar su ambicionada alianza. Los caciques utilizaron los parlamentos como artilugios, más de ningún modo colaboraron con la expedición. En otra ocasión, solicitaron cuatro rehenes para que cuatro caciques principales acudieran a negociar al campamento expedicionario28.

“El cacique, los oficiales, lenguaraz y 2 cornetas, salieron del campamento hacia el suyo: antes de incorporarse, y en el momento de acercarse los nuestros, los envolvieron en sus grupos llevándolos a gran carrera hacia la retaguardia de su línea (....) Entre varias direcciones se notaron polvaredas que daban a conocer el rumbo a que los conducian. Corrió la misma suerte el teniente coronel Miller y el Porta de su mismo cuerpo Alvendin, quienes cándidamente y sin permiso previo, creyentes de la buena fe de los bárbaros, salieron del campo siguiendo la comitiva de los rehenes y cayeron con estos en el lazo pérfido de los bárbaros.”29 (subrayado nuestro)

Sabemos la suerte que corrieron los rehenes, porque al acercarse el invierno, mientras continuaban las tareas de construcción del Fuerte Independencia y el reconocimiento de las sierras y la costa atlántica, una partida exploradora que recorría el campo, encontró una joven mujer a seis leguas al norte del fuerte.

“...declaró que era cautiva de los bárbaros; su domicilio el Arrecife, y que había podido fugar del poder de su amo en una embriaguez en las tolderías del cacique Ancafilú, a donde residía: que traía 8 días de camino, alimentándose con frutos del campo hallándose extenuada en el momento que se le encontró y que ignoraba la existencia del establecimiento. (...) Dijo también que oyó a los bárbaros, en su campo el mismo día de los tratados, y que tomaron a los 6 oficiales, que los habían asesinado a sangre fria, que vio la ropa de todos ellos en poder de algunos caciques e indios y que este triunfo lo festejaron largamente. (....) ... que la misma suerte, repuso, había sufrido el lenguaraz comisionado.” 30 (subrayado nuestro)

Estos festejos y la actitud de represalia contra los rehenes cristianos pueden interpretarse como una expresión del conflicto interétnico incrementado con el avance de las tropas y resistencia ante instalación del fuerte Independencia en el territorio serrano, región que hasta poco antes había sido controlada por caciques principales como Ancafilú, Pichiloncoy y Negro. En estos tiempos de aumento de fricción interétnica, se activaban las solidaridades entre diversas jefaturas indias (lideradas por Lincon, Cayupilqui y los caciques ya mencionados), combinando alianzas entre sí para enfrentar a las tropas expedicionarias.