El canje de cautivos a través de los tratados de paz


Meses antes de concretarse la expedición al mando de Rauch, en diciembre de 1825 se había firmado un tratado de paz en la Laguna del Guanaco (pcia. de Córdoba), ubicada a treinta leguas más arriba de Salinas y más de cien leguas al sur de la Villa de la Concepción. Participaron 50 caciques y caciquillos de la “nación ranquel” y los comisionados por las pcias de Bs. As., Córdoba, y Santa Fe. A la realización del tratado asistieron centenares de indios, además de un número considerable de chinas y muchachos, presentes en la ocasión. En el Tratado del Guanaco1 se establecía que las cautivas serían canjeadas “una por otra”, pues entregarlas todas como solicitaban los representantes del gobierno no era posible porque la mayoría de estas mujeres estaban casadas y con hijos2.

Meses después, en abril de 1826, se firmaba en el arroyo de Pecuén otro tratado entre comisionados enviados por el Ministerio de Gobierno y 72 caciques y capitanes indígenas ranqueles. La comisión, de regreso a la Capital, informaba que había traido consigo 25 indios enviados por los caciques, incluso dos capitanes, como prueba de la voluntad de paz de sus jefes. Los comisionados aconsejaban conceder una entrevista a los indios principales con el Presidente de la República (Rivadavia), administrarles buenos alojamientos, alimentos abundantes y vestuarios para todos ellos. Además, se recomendaba completar la obra de regalos, ya que afirmaban los comisionados, los que habían entregado previamente no se habían realizado con la generosidad necesaria para conseguir la paz y armisticio.

Los términos en los cuales se sellaba el acuerdo de Pecuén3 eran similares a los del tratado del Guanaco. En la letra del tratado, los indígenas reconocían por único gobierno de todas las provincias al Congreso, se comprometían a impedir la guerra si algún cacique intentara invadir el territorio de alguna de las provincias, y otros acuerdos formales de ese estilo. El gobierno estaba muy interesado en acordar con estos grupos “ranqueles”, como una estrategia para debilitar a otras jefaturas que aliadas con caudillos chilenos invadían recurrentemente el territorio pampeano. Se indicaba que estos caciques no tenían intervención en las tierras de la sierra del Volcán, Tandil y Curicó, y se establecía que el gobierno podría instalar guardias en el río Salado. Se estipulaban condiciones para el ejercicio del comercio, y se prometía apresar a los desertores o cristianos sin licencia para permanecer en esas tierras, denunciando que eran éstos los que incentivaban los conflictos.

Nuevamente, se indicaba en el tratado que las cautivas solteras y los varones serían canjeados o vendidos equitativamente, “una por otra”. No era posible entregarlas todas, argumentaban, porque muchas estaban casadas, con dos o tres hijos. Los jefes indios prometían reconocer en adelante a los padres de las mujeres como suegros y a sus hermanos como cuñados, todos sus parientes podrían llegar hasta los toldos para conocerlos y se establecía que les pagarían por estar casados según la costumbre indígena (precio de la novia). De este modo, se consignaba en el tratado, la paz sería permanente por estar enlazados con los cristianos.