Presencia jesuítica en la pampa bonaerense

En 1740, llegaron al sur del río Salado bonaerense, en lo que entonces constituía el territorio de la frontera sur del Virreinato del Perú, algunos sacerdotes católicos integrantes de la Compañía de Jesús. Trece años después, finalizaban los intentos de los misioneros jesuitas por instalar un sistema reduccional en ese espacio social. Frente a la idea que vincula a los jesuitas con ideales de paz y respeto a las culturas originarias, el análisis histórico del funcionamiento del sistema reduccional ha incentivado a reflexionar en torno a aspectos menos románticos, en un intento por desacralizar la presencia de los esforzados sacerdotes. Las misiones jesuíticas gozaron (y aún gozan) de un notable prestigio que superó al que se le reconoce a otras órdenes religiosas. Películas, documentales, monumentos públicos, ceremonias en conmemoración de la obra jesuítica, abundan en nuestros días. Las exitosas actividades económicas y confesionales realizadas entre los indios en las reducciones del Nordeste mesopotámico y territorios adyacentes de Paraguay y Brasil, incidieron en la formación de ese prestigio social.

En la consecución del poderío económico de la Compañía de Jesús incidieron diversas medidas de la Corona española, que beneficiaron ampliamente las arcas de la Orden. Los indígenas reducidos por los jesuitas se encontraban exceptuados del pago de tributo y la prestación de servicio personal. Esa ventaja, le otorgaría a la Orden un privilegio que le permitiría consolidar un importante poder económico. Por una Real Orden de 1649 la situación se modificó: los indígenas debían pagar una tasa anual de un peso de ocho reales en plata, pero continuaban libres de la mita y el servicio personal (al cual el resto de los pueblos de indios estaban obligados a contribuir). De modo que hasta el momento de la expulsión de los jesuitas del territorio del Imperio español (1767), el excedente producido por el trabajo indígena en las misiones era administrado, acumulado y comercializado o invertido por los jesuitas.

La eficiencia de la Compañía en sus actividades confesionales se logró en gran medida en base a su sólida estructura organizativa, de carácter internacional y verticalista, la cual partía de una jerarquía central y una autoridad máxima elegida en forma vitalicia: el General de la Orden. Esta estructura institucional incluía amplias circunscripciones regionales (las “Provincias del Mundo”), a cargo de distintos provinciales elegidos por el Gobernador de la Orden. La escala jerárquica descendente se ramificaba en distintas clases de funcionarios auxiliados por asesores, informados prolijamente por sus subordinados: los sacerdotes encargados de la reducción. Esas pequeñas jurisdicciones locales eran administradas por uno o dos sacerdotes, quienes administraban los bienes y supervisaban la vida colectiva reduccional, desde lo económico, militar, cultural y social. (Beato, 1986)

La actividad de los jesuitas estuvo vinculada a la práctica experimental de la temprana ciencia moderna y es ésta labor empírica, parte del fundamento del prestigio que tuvo esta orden religiosa. En el contexto de disputa religiosa entre catolicismo y protestantismo, los jesuitas fueron una corporación que logró gran consenso por su características internas, ya que concentraba la autoridad en pequeños liderazgos, ejercidos por sacerdotes que accedían, controlaban y comunicaban dentro de la estructura de la Orden, información relevante para los objetivos de la Compañía. Los jesuitas obtuvieron incentivos para el desarrollo de la actividad científica, por eso fueron mandados a los lugares más recónditos del mundo como fuente de información y como servidores en diversos proyectos científicos. Además de expertos en el registro y clasificación de información etnográfica sobre las comunidades originarias con las que tomaban contacto, se especializaron en observaciones astronómicas, filosofía natural, historia natural, medicina y farmacología (Mateo, 2009).

En el siglo XVIII, las potencias europeas competían por la posesión de tierras de ultramar, en el marco de un proceso expansivo de los mercados, el aumento de la circulación de bienes y la acumulación de capital. Estos intereses en disputa, incentivaron a las autoridades españolas a asegurar sus posesiones frente a los portugueses, impulsando el avance sobre el territorio y la población indígena de Pampa y Patagonia, en los confines del Virreinato del Perú. La política de control de fronteras impulsada por el gobierno colonial no pasó inadvertida para las jefaturas indias con territorialidad en la región, y fue resistida mediante la organización de malones y ataques a pueblos, chacras y estancias cercanos a Buenos Aires.

Mientras tanto, en la zona de contacto que se formaba en el espacio rural que rodeaba a Buenos Aires, se fueron asentando pobladores que fueron estableciendo pequeños asentamientos urbanos como el de Luján en 1745, el de Magdalena, Quilmes, Areco, Las Conchas, Salto... El avance de población cristiana mediante la instalación de quintas, chacras, estancias, pequeñas guarniciones militares, reducciones y poblados sobre el espacio pampeano, se concretaba en un marco de tensión latente, que solía manifestarse con graves consecuencias, dadas las secuelas económicas y pérdidas de vidas humanas que traían los malones. “Malones” indígenas y “entradas de castigo”, expediciones armadas por los españoles, generaron un marco de tensión que con frecuencia culminaba en una negociación o un punto de acuerdo. La asimetría ingresaba en las relaciones establecidas entre ambos agentes étnicos de manera contundente, los indios progresivamente fueron perdiendo autonomía política y control espacial.

Un malón indígena que en 1740 asedió los pagos de Arrecifes, Luján, Matanza y Magdalena, fue reprimido con una “entrada de castigo” al mando del Maestre de Campo don Cristóbal Cabral. La expedición logró alcanzar a los indios serranos en la sierra de Casuati, (Ventania) y se gestionaron acuerdos, emprendidos por el Gobernador Ortiz de Rozas. El acuerdo sellado luego del ataque obligaba a las poblaciones indígenas a permitir entradas de cristianos hasta el territorio de las Salinas Grandes, para posibilitar el acceso a la sal, artículo preciado para la conservación de alimentos en Buenos Aires. Proveer seguridad a los pobladores de la frontera y asegurar el control sobre el espacio pampeano-patagónico constituía una preocupación de los agentes gubernamentales coloniales. Ahora bien, los acuerdos también conllevaban la posibilidad del rechazo, y con esto, los ataques de indígenas que no consentían los términos bajo los cuales se negociaba, por lo cual los vecinos que con sus carretas transitaban hacia “tierra adentro” en busca de la sal, aportaban productos o dinero para la defensa de la ciudad contra las incursiones de indios infieles. (Martínez Martín, 1994).

En este contexto, pensamos que se torna inteligible la decisión de establecer en el territorio pampeano un sistema de reducciones jesuíticas que garantizara la presencia de población hispano-criolla en la región. En esa decisión, confluyeron acciones conjuntas del Gobernador, el Cabildo y el Padre Provincial de la Orden jesuita. Los sacerdotes de la Compañía de Jesús interesados por tomar contacto con el territorio austral del Virreinato y con las poblaciones indígenas, conocían que estos pueblos tenían una economía orientada a la ganadería, la artesanía textil, y que comercializaban esos productos. Sobre estas bases, impulsaron un proyecto que había dado resultados positivos en otras áreas de América.

En 1740 se fundó la reducción de Nuestra Señora en el Misterio de su Concepción de las Pampas, en la margen sur del Salado (actual partido de Castelli), resultado de negociaciones entabladas entre algunos jefes indígenas y el gobierno de Buenos Aires. Los religiosos a cargo de la naciente reducción fueron los sacerdotes Manuel Querini y Matías Strobel.

Strobel enfatizaba las dificultades para evangelizar a los pueblos de la región, los describía como vagabundos, “como gitanos”, que andaban a caballo, que guerreaban con otras tribus, y también expresaba que la situación de rivalidad entre distintos grupos indígenas, los había llevado a pedir protección ante las autoridades coloniales. El relato del jesuita indica que el Gobernador de Buenos Aires accedió a estos pedidos con la condición de que admitiesen misioneros.

La ideología étnica resultante del contacto entre europeos y poblaciones nativas tiene un claro componente de valorización negativa, coherente con los intereses de legitimación de la tarea evangelizadora. Según el discurso de los jesuitas, los indios necesitaban ser convertidos porque estaban enfermos, eran borrachos y poco propensos al trabajo. El proyecto jesuítico requería de la subvención del gobierno, y del aporte de las limosnas para comenzar la reducción de los indios pampas al sur del río Salado bonaerense. Más allá, en las serranías de Tandil, los sacerdotes identificaban a los indios montañeses o serranos, emparentados pero enemigos de los Pampas[i]. Las expectativas de conversión al catolicismo incentivaba a los sacerdotes a intentar conformar asentamientos permanentes. Motivaciones geopolíticas incidían en este proyecto, ya que la alianza con los indígenas era fundamental como estrategia para el control efectivo de los territorios australes del entonces Virreinato del Perú, dilatado espacio que estaba siendo explorado desde las costas por otros viajeros, integrantes de expediciones ultramarinas organizadas desde Inglaterra, Holanda, y otras naciones europeas.

El sacerdote Ladislao Orosz, Rector del Colegio de Buenos Aires, al informar sobre la misión de los pampas en 1743, destacaba que ese pueblo habría de ser “la puerta” para la conversión de los indígenas que habitaban las campañas que mediaban entre el Estrecho de Magallanes, la región de Cuyo y Buenos Aires, y que desde allí se internarían los sacerdotes jesuitas para fundar nuevas misiones[ii]. En esta situación se incorporó a la misión de la Concepción, en 1744, el sacerdote Tomás Falkner, destinado a fundar nuevas reducciones entre los indios serranos, situados al sur, como se había gestionado entre el nuevo Gobernador Ortiz de Rosas y el Provincial de la Orden, el sacerdote Nussdorffer.

Poco tiempo después, tendrá lugar el viaje de la nave San Antonio que partiendo desde Montevideo, navegó la costa atlántica hasta alcanzar por el sur el río Gallego, de 1745-1746, donde participaron los sacerdotes jesuitas Quiroga -que vino de la Península para este fin, y los misioneros Strobel y José Cardiel. Cuando los jesuitas arribaron a las costas de San Julián, en febrero de 1746, hallaron una tumba muy compleja en su estructura, porque se mencionan caballos, un soporte de palos, ponchos tendidos, y los restos humanos de tres personas, uno que parecía un varón y dos de mujeres, que tenían adornos de metal. Los datos recogidos por estos misioneros, dan cuenta de la complejidad del espacio pampeano-patagónico, los amplios circuitos de intercambio de bienes y la circulación de información entre comunidades (Mandrini, 2000).

Tras la expedición marítima, setenta leguas al sur de la Concepción, el misionero español José Cardiel, insatisfecho por la marcha de los acontecimientos, se incorporó a las misiones australes. Como destacaba la Carta-relación (1747) que dejó de aquella expedición, “ya que por mar se nos frustraron nuestros intentos”, Cardiel entró en la sierra del Volcán por tierra. Con la aprobación del Gobernador y Obispo avanzaron los misioneros Cardiel y Falkner en aquel ambiente de lomadas y sierras, fundando la misión de Nuestra Señora del Pilar de Puelches.

“...A 60 leguas al sur del dicho pueblo de la Concepción han penetrado también los misioneros Jesuitas a la valerosa nación de los Serranos, desde los llanos o pampas hasta la cordillera de Chile por la parte del Oriente. Háse fundado entre ellos el año 1747 el pueblo de Nuestra Señora del Pilar”[ii]

Según los testimonios de los sacerdotes Cardiel y Falkner las relaciones establecidas con las poblaciones nativas se caracterizaron por el interés y el beneficio que estos grupos esperaban obtener al aceptar su reducción. Como vimos, las reducciones se establecían por acuerdos previos entre los grupos que acudían en busca de ayuda ante los inminentes ataques de grupos adversarios. Los misioneros fundaron la Reducción de Nuestra Señora del Pilar de Puelches en 1747 en la zona conocida como Volcán o Vuulcan -término que significa “abertura entre las montañas”- en la región serrana del Tandil.

En julio de 1749, escribía Strobel a Rejón: “Los Toelches piden pueblo y Padres” Como ya argumentamos, estas peticiones pueden interpretarse como estrategias de las jefaturas indígenas para mantener vínculos de alianzas con los sacerdotes que los colocaran en una situación ventajosa en conflictos mantenidos a nivel intraétnico. Los beneficios provendrían de los intercambios de bienes que la economía indígena no producía y el manejo de la lengua española (fundamental para realizar transacciones con población cristiana). Los conflictos entre unidades tribales indígenas a los que se alude recurrentemente en las fuentes se vinculaban con la competencia entre jefes étnicos por obtener y mantener posiciones de liderazgo que garantizaran el acceso a un lugar privilegiado en el control sobre los recursos y las personas. Los jefes que lograran establecer vínculos de alianza con los jesuitas accedían a alimentos, permisos para comerciar en la frontera y a información básica para sus estrategias económicas, políticas y guerreras en las zonas de contacto que se iban conformando en el marco de la dominación colonial.

El sacerdote Lorenzo Balda tenía a su cargo la conversión de los indios en Nuestra Señora de los Desamparados. Informaba que a diez leguas de la Reducción del Pilar, en 1750 comenzaba la tarea misional entre la nación indígena de los serranos, agregándose en ella otras parcialidades que hablaban la misma lengua que los serranos.[ii] Por lo que sabemos, esta última reducción no prosperaría a raíz de la entrada del cacique Bravo a poco de su fundación. (Martínez Martín, 1994).

Los grupos indígenas decidían establecerse con sus toldos en las inmediaciones de las reducciones cuando, por ejemplo, las provisiones con que contaban los jesuitas eran abundantes. En 1749, Strobel informaba que el jefe indígena Yahati estaba en el Pilar, con 32 toldos bien numerosos y afirmaba que le había llegado el aviso del pronto arribo de todos los Toelches, que el año anterior habían estado allí. Pero, advertía Strobel, que la mayoría se iría otra vez, por lo que había que atraerlos poco a poco, haciendo de su parte lo que se podía[ii]. El asentamiento indígena temporario en la región que tanto preocupaba a los jesuitas respondía a patrones de movilidad vinculados con la economía indígena pastoril y comerciante, sustentada en la posesión de ganados y en el intercambio de bienes a nivel intra e interétnico. Las etnias pampeano-patagónicas controlaban un vasto territorio, y su desplazamiento respondía a las necesidades de cría, engorde y traslado de las haciendas, sumado a los intercambios de productos con otras tribus (quillangos, platería, textiles, talabartería).

Durante la estadía de toldos indígenas en el lugar, los jesuitas realizaban sus prácticas religiosas, bautizando a los niños, celebrando misa en lengua española. De esta forma, los indígenas aprendían el idioma que posteriormente utilizarían en los intercambios mercantiles. Los continuos pedidos de provisiones realizados desde la reducción parecen tener como objetivo la retención de los indígenas. En 1748, Strobel escribía desde el Pilar al sacerdote Rejón que se había mudado a su nuevo rancho, hecho de tapia, pobre y abrigado, y que junto a él se hallaban nueve toldos indígenas, cuestión que lo llevaba a esperar que fuera creciendo su misión, a la vez que solicitaba el envío de algún socorro de bizcocho desde Buenos Aires.

Los sacerdotes instalados en estas fronteras del espacio colonial bonaerense, cumplían una función estratégica, dando avisos sobre posibles ataques indígenas hacia las poblaciones rurales, por ejemplo, informando a las autoridades coloniales a través de partes que habían llegado a la misión, indios aucaes desde el Casuhati (sierra de la Ventana), avisando que desde una laguna que los indios denominaban Chiquito, se iban juntando cerca de dos mil indios bajo la jefatura de dos hermanos del cacique Galelián, con la intención de atacar el pago de Luján o de Areco.