La reducción del Pilar y el comercio interétnico

En los tiempos en que los jesuitas se instalaron en esta zona, las tierras comprendidas entre las sierras de Tandil y el Volcán y las de Ventana o Casuhati, se habían constituido en un centro de atracción de poblaciones, debido a las pasturas de excelente calidad y a la presencia de numerosos arroyos y cursos de agua de manantial que bajaban de las sierras favoreciendo la cría y engorde de ganados. De este modo los desplazamientos indígenas se vincularon con la conformación de un núcleo de especialización pastoril. Las palabras de Falkner describen esta situación:

“... esta región, en ciertas estaciones del año, hormiguea con innumerables manadas de caballadas alzadas, razón por la cual los tehuelhets, chechehets y a veces todas las tribus de los puelches y moluches se reúnen allí para hacerse de provisiones. Se extienden con sus tolditos portátiles por todos aquellos cerrillos ya citados, hacen sus correrías diarias hasta llenar sus necesidades, volviéndose enseguida a sus respectivas tierras.”[ii]

Ubicación

A lo largo del siglo se operó en las sociedades indígenas una intensificación de la actividad guerrera que originaría profundas transformaciones en la organización socio-política tendientes a una creciente diferenciación jerárquica. Mientras tanto, maduraban los intercambios entre las jefaturas indias, de ganados con destino a los mercados trasandinos, a la vez que se realizaban intercambios protagonizados por mercaderes pampas en las reducciones, las estancias y pueblos de frontera y en Buenos Aires.

Como indicio de esos intercambios y de la actividad económica inherente al funcionamiento del sistema reduccional, en un fragmento del “Estado de la hacienda de la Misión de los Pampas”, de 1752 se contabilizaba que se había vendido alguna reses a los Indios Serranos y 110 a los padres jesuitas del Volcán. Que en 1748, se habían herrado 1400 terneras, en 1749, 1800. Que se dieron de limosna 30 vacas y se vendieron 70 a los padres que permanecían en la sierra (reducción del Pilar) y también algunas a los indios. Que compraron 700 yeguas, que disponían de 70 bueyes y de 150 caballos. En 1750, se dieron de limosna a los sacerdotes de la sierra 100 vacas, que se llevaron 500 y que les pagaron por otras 500. Que en 1751 se herraron 1700 animales y 200 potrillos. Y en 1752, 2400 animales.

El intercambio de ganados entre sacerdotes e indígenas era parte de las actividades corrientes en la reducción. En 1748, Strobel informaba que el cacique Don Nicolás Bravo estaba esperando “50 vaquitas que se le había prometido”. Los indígenas que los sacerdotes denominaban “forasteros” -es decir: no reducidos-, solían obtener en los tratos efectuados en el Pilar o en Concepción, licencias o permisos para comerciar sus textiles en Buenos Aires.

Los ponchos y la sal surgen como bienes indígenas comercializados en este espacio de la frontera. Siendo Gobernador Ortiz de Rozas, se prohibió comprar ponchos a los indios serranos, situación frecuente en las estancias de los alrededores de Buenos Aires. Los castigos que se preveían eran fuertes, puesto que se establecía una multa bajo pena de 200 pss. si fuera español, e irían a las obras de S.M. y seis años de destierro a San Felipe de Montevideo a trabajar en las obras de S.M. y si fuera indio, negro o mulato, 200 azotes por la calle pública y de seis años de destierro a otro presidio (Martínez Martín, 1994).

La competencia comercial con vendedores ambulantes y otros agentes de carácter “privado”, se inscribe en el contexto de afán “centralizador” de los misioneros, quienes denunciaban los males acarreados tras la venta de aguardiente por parte de comerciantes indios o españoles, que ellos definían como inescrupulosos. Así alertaban que habían llegado a la reducción unos aucas con ponchos y que los indígenas reducidos habían ido a comprar esas prendas, para llevarlas a la ciudad, y advertían que había que vigilarlos para que no trajeran aguardiente a su regreso, y que había que estar atentos si llegaban acompañados de algún español pulpero sin papel del Gobernador.

Los intentos de prohibición de la venta y el consumo de aguardiente, se vinculaban con la situación de competencia comercial con los pulperos. En 1749, el sacerdote Strobel, escribía desde el Pilar a Rejón: “Me dicen que Juancho Serrano y Lorenzo trajeron mucho aguardiente a Yahati al Volcán; fue esto anteayer, y ayer estaba señalado el día en que Yahati había de haber venido acá con sus toldos. A Lorenzo reprenderlo y perdonarlo, por ser la primera vez; y parece, fue enviado de otro. Pero a Juancho: calentarlo y unos 8 días en el cepo!. Evidentemente, el sacerdote esperaba la llegada de Yahati al Pilar, pero Lorenzo y el reincidente Juancho Serrano se adelantaron, vendiendo aguardiente a cambio de los ponchos que comercializaba el famoso cacique. Los sacerdotes denunciaban de este modo que mientras duran los tratos comerciales, las borracheras y peleas entre indios se hacen incontrolables (Ferreras, 1989).

“El día antes que llegase ese Juancho Manchado, salió de aquí el Juancho Serrano de este pueblo; trajo y vendió también aguardiente en los toldos de Marique. Es esta la 6.a. vez, desde que estoy aquí, que han llegado estos borrachos y pulperos Pampas acá con aguardiente. He oído también de diferentes que todo el tiempo que ha durado el trato de ponchos, Juancho Patricio trajo e hizo traer a escondidas aguardiente de la ciudad, vendiéndolo por ponchos. V.R. diga a estos infames pulperos Pampas, ya que no nos ayudan en nada en la conversión de estos sus paisanos y parientes, a lo menos no nos embaracen. ¿Qué bendición de Dios pueden esperar estos tales ministros de Satanás?"

(En: Leonhart C, 1924. Revista Estudios, tomo XXVII, nº 1, pp. 50)

Los testimonios de soldados, ex cautivos y vecinos de la reducción de la Concepción son recurrentes en las denuncias que acusan el carácter negativo de la misión para los pobladores cristianos, dado que los indios reducidos acudían a Luján a vender ponchos que habían comprado a indios de tierra adentro. El peligro de los intercambios entre indios de la reducción e indios enemigos de tierra adentro, según los informantes, radicaba en que los indios enemigos se enteraban de los movimientos de los vecinos españoles y además, adquirían a cambio de sus textiles, armas que luego utilizaban en ataques contra sus poblaciones[ii]. (Néspolo, 1999).

En setiembre de 1749 Matías Strobel, escribió desde el Pilar un informe acerca del estado de la Reducción del Pilar[ii]. Allí, el sacerdote plantea los términos de las negociaciones que entabla con los caciques puelches. Los líderes tribales exigían el cumplimiento de determinados acuerdos concertados con los sacerdotes y con el Sr. Gobernador y Maestre de Campo, quienes “les habían asegurado repetidas veces, que estando ellos con los Padres, y llevando el papel de la licencia, podían libremente bajar a la ciudad para sus tratos, sin que nadie les agraviase”. Sin embargo, los caciques denunciaban que en ocasión de acudir a realizar sus tratos 5 indios de la Reducción de la Concepción y 5 del Pilar, todos con papel de licencia, había ocurrido el asesinato de dos de sus hombres.

Los sacerdotes debían afrontar dificultades, no sólo para captar las ganancias derivadas del comercio sino por su situación de debilidad frente a las presiones de los vecinos, quienes reaccionaban negativamente frente a las licencias para comerciar otorgadas por los misioneros, puesto que no deseaban la presencia de indios “enemigos” en sus poblaciones de frontera. Además, los permisos para comerciar beneficiaban concretamente a los indios de “tierra adentro”, aquellos que permanecían “infieles”, y que sólo visitaban la reducción para ejecutar sus tratos comerciales, obteniendo a cambio, entre otros bienes que su economía no producía, armas.

Otras cuestiones estaban escapando al control de los jesuitas: como punto siguiente de la negociación con el sacerdote, dos caciques puelches -Chuyanduya y Marique- presionaron manifestando que el Señor Gobernador y Maestre de Campo les había afirmado que la prohibición del comercio del aguardiente no obedecía a sus órdenes, sino a instancias de los Padres jesuitas. Esta contradicción entre agentes gubernamentales y el sacerdote motivó a Strobel a denunciar que el aguardiente y las borracheras: “Todo esto estaba prohibido antes que yo y ellos hubiesen nacido, y que los Gobernadores, los que cumplen con lo que manda Dios y el Rey, prohíben y castigan esa venta del aguardiente sin intervención de los Padres, que bien saben ellos su obligación”. El informe de Strobel continúa con el planteo recurrente de que no se debía permitir a los indios la compra de aguardiente ni de armas: “Dicen, no los venderán a los indios de tierra adentro. Ni lo uno ni lo otro se les debía permitir; todos estos indios de aquí están bien proveídos, ya de alfanjes y de puñales. De estos segundos hacen también sus lanzas...”

Mediante los pactos interétnicos, las jerarquías indígenas accedían a bienes (yerba, aguardiente, tabaco, armas, ropa y diversos obsequios consistentes en productos de manufactura europea, etc.). Como contraparte, quedaban formalmente comprometidos a garantizar tranquilidad en la campaña, controlar las propias fuerzas guerreras y las de otros jefes étnicos en sus intentos de atacar los poblados rurales fronterizos.

Los acuerdos se producían en un contexto de tensión interétnica, con lo cual, para organizar los parlamentos, el estado debía disponer de los medios necesarios para el traslado de expediciones integradas por vecinos armados, que se expresó en la intensificación de la militarización de la frontera a la que ya hemos hecho referencia.

El interés de los indígenas por la adquisición de ganados, incentiva a pensar en el carácter de la economía de las jefaturas, dado que sabemos que existieron núcleos de especialización pastoril en el área interserrana bonaerense. El aprovisionamiento de estos animales mediante malones o a través de los intercambios interétnicos es una recurrencia en los documentos analizados


En el transcurso del siglo XIII, se incrementaron los mecanismos de integracion cultural entre las jefaturas, integración a niel simbólico y sultural, que no impidió una dinámica unión y escisión entre comunidades, que establecían alianzas y las romían d acuerdo a intereses coyunturales. (Cf.Mandrini y Ortelli, 1995. Ortelli, 1996). A comienzos del siglo, algunas parcialidades migraban hasta la parte oriental de la pampa para ejercer el comercio y establecer sus campamentos en este sector estratégico para el control de ganados, como es el caso de los aucales que menciona Cardiel, establecidos en la cordillera y sus cercanías, aliados en ese momento de los serranos. (Sanchez Labrador, Joseph, 1936). De este modo, los desplazamientos indígenas hasta este sector se vincularon con la economía pastoril y la formación de una extensa red de intercambios que conectaba las regiones serranas, las llanuras y los territorios patagónicos y transcordilleranos. (Cf.Mandrini, 1993, Mazzanti, 1993). Las jefaturas que llegaban al Volcán, son caracterizadas en los relatos de los jesuitas como extremadamente móviles, pastores, habitantes de toldos, alimentados en base a carne de potros y caballos. Jefaturas identificadas como Pampas, serranos, tehuelches, chechehets, puelches, moluches, ejercieron territorialidad, co-existiendo en el espacio que los jesuitas intentaban moldear de acuerdo a sus objetivos políticos y evangelizadores (temporales y espirituales), introduciendo pautas correctivas del comportamiento social

Sabemos que las jefaturas que controlaban espacios geográficamente alejados entre sí, mantenían relaciones de reciprocidad que activaban movimientos de bienes de manera bilateral, entre puntos correlativos de agrupaciones en las que el parentesco operaba como un vínculo privilegiado. (Cf. Manzanilla, 1983. Hadjuk, 1984, Berón, 1997). Éstas estrategias aseguraban, por un lado, la subsistencia de las distintas unidades y por otro, la distribución de bienes excedentarios entre los integrantes de las jerarquías indígenas. (Cf. Mandrini, 1987, Palermo, 1988, Ortelli, 1996). La circulación de ganados, cautivos y productos adquiridos por intercambio con agentes de la sociedad hispano-criolla, se activaba a partir de una red de jefaturas que se caracterizaba por su organización segmental y por mecanismos de alianza y competencia que daban a estas unidades socio-políticas un carácter flexible, una relativa autonomía, una eficacia alta en las estrategias de resistencia étnica frente a las políticas de subordinación generadas desde el estado colonial.