El final de la experiencia misional al sur del Salado

El antiguo conflicto entre la orden de la Compañía de Jesús nacida en 1537 y la consolidación de los estados nacionales y las monarquías absolutas se renovó durante el desarrollo del despotismo ilustrado español en el siglo XVIII. Los jesuitas constituían un adversario para la consolidación del nuevo ordenamiento social y su expulsión se convirtió en una necesidad política que Carlos III implementó en 1767. La expulsión de la orden en el Río de la Plata se ejecutó entre julio y setiembre de ese año, las misiones guaraníes (diecisiete sobre las márgenes del río Uruguay y trece sobre el Paraná), más las de mocovíes y abipones en Santa Fe y lules y vilelas en Tucumán, se disgregaron rápidamente, pasando sus temporalidades a ser administradas por las autoridades hispanoamericanas y sus funciones espirituales a cargo de franciscanos y mercedarios. (Martínez Martín, 1994)

Según una abundante literatura, el cacique Cangapol, llamado por los españoles “El Bravo”, atacó y destruyó la misión de Nuestra Señora de los Desamparados en febrero de 1751. Poco tiempo después, tras las amenazas de invasión del poderoso jefe indígena, los jesuitas abandonan el Pilar. Los misioneros trataron de fortalecer la reducción de Concepción, pero otro cacique, Yahati, la destruyó y en enero de 1753, fue abandonada.

La precariedad de las misiones surge del testimonio de Strobel en la recién fundada Concepción: “se compone de 350 almas (...). Consiste la reducción de 2 casas construidas de madera y adobe. Ya se está construyendo la iglesia con igual material. Interinamente sirve de capilla un toldo de cueros”...”Está rodeada la reducción por una fosa de dos varas de ancho y profundidad. Proporcionó además el gobernador armas defensivas consistiendo ellas en lanzas y dos cañoncitos.”[ii]

Los traslados en carretas presentaban diversas dificultades, entre las que el desconocimiento del territorio y la localización de lagunas y arroyos de agua dulce por parte de la población europea fue un condicionante fundamental. En mayo de 1749, Strobel escribía a Rejón: “De estos indios sabrá V. R., si hay agua o no en el camino; en caso que por falta de agua no pueden venir las carretas de V.R., no deje V.R. de avisar de esto mismo al P. Procurador Andrés Carranza, a quien escribo lo que ha de hacer para enviarme algún socorro por mar, si no se me puede enviar por tierra”.[ii]

También incidió en la decadencia y final de las reducciones australes la oposición que desde Buenos Aires generaba la existencia de estas avanzadas en territorio indígena, puesto que se suponía que desde allí las distintas parcialidades tomaban conocimiento de los movimientos de los españoles, comunicándose con los aborígenes que atacaban las poblaciones de frontera.

Los intentos de instalación permanente de las misiones en las tierras al sur del Salado debieron enfrentar las recurrentes incursiones indígenas organizadas por líderes étnicos como Yahati y Cangapol con el objetivo de capturar ganados en territorios que consideraban propios. Los misioneros debieron convivir con el peligro y la inestabilidad. Cotidianamente, llegaban a las reducciones partidas indígenas, encabezadas por los caciques u otros miembros de la jerarquía indígena, con el doble objetivo de ejecutar intercambios de productos (en los cuales los ganados tienen un rol principal) y de obtener información respecto de las posibilidades bélicas de los misioneros y agentes militares de la frontera.

Desde el Pilar, escribía Strobel en 1748 que un grupo de aucaes armados en el Tandil había avanzado hacia el Saladillo, con la intención de robar, que no se habían atrevido a atacar la reducción porque había mucha gente. Que habían llegado indígenas serranos, que estaban en complicidad con los aucaes, emparentados con el cacique Bravo para espiar y obtener información, y que también se había acercado un indio de la tribu del mismo cacique, que había robado en la estancia denominada “de los Riojanos”, para conocer qué recursos había en las reducciones, que sabían que había mucho ganado y que en el invierno se corría mayor peligro.

“Ellos ahora se van juntando en el Casuhati; envían tal cual ladino con ponchos, para espiar.”[ii]

En agosto de 1751, Strobel se dirigía a otro sacerdote jesuita Sebastían Garau, que se desempeñaba como capellán estanciero en San Lorenzo del Carcarañal y le informaba: "...Padre mío, aquí el demonio tanto nos persigue con las guerras, y estamos obligados a dejar este paraje, y retirarnos a la reducción de los Pampas. Por la mucha distancia y gastos excesivos el Señor Gobernador no nos quiere dar soldados de destacamento fijo, y sin soldados no podemos mantenernos entre las fuerzas del cacique Bravo y sus aliados, los cuales vendrán esta luna, que a 21 de este mes entra, según repetidos avisos; estoy esperando cada día unos 60 soldados de los vecinos de Buenos Aires, a los cuales nos envía el Señor Gobernador para que nos sirvan de escolta para retirarnos con toda la hacienda y trastes de esta Misión. Ya va para 2 semanas, sentimos de noche a los bomberos de los enemigos. Con tiros de fusiles procuramos de asustarlos, pero no hay fuerzas para resistir el tropel grande que vendrá; son nuestros indios y peones muy cobardes. Si tuviera una docena de Mayorquines tales como los describe el Padre Mariana, burla haría yo de estos borrachos indios”.[ii]

Como ya mencionamos, la debilidad política de la Orden en el marco de la política imperial, es evidente. La situación de desprotección de los misioneros en la frontera sur colonial, es una manifestación más del desinterés político del gobierno colonial por instalar un asentamiento permanente controlado por la Compañía de Jesús. Por otra parte, la decisión de la Orden no era congruente con el esquema de relaciones vigente en el espacio fronterizo. El asentamiento de poblaciones en la frontera y el intercambio de bienes materiales y simbólicos entre los pueblos indígenas y los pobladores de la campaña bonaerense, parece haber dejado escaso margen para el éxito del modelo jesuítico, basado en la fundación de pueblos de indios sometidos al sistema de las reducciones.

Pasarían varias décadas hasta que en el período posterior a las guerras de la independencia, el estado provincial y nacional, lograra el control efectivo de estos territorios, procesos vinculados con una reorientación de los intereses de los grandes comerciantes hacia la propiedad de la tierra y la producción de bienes pecuarios para la exportación, y con factores geopolíticos que requirieron la incorporación definitiva de las tierras pampeano-patagónicas al nuevo ordenamiento estatal. Los medios utilizados fueron diversos, las situaciones de contacto variaron de acuerdo a los intereses coyunturales de las jefaturas y a las prioridades políticas del Estado que nacía con eje en Buenos Aires. Se desplegaron políticas de alianzas y búsqueda de adherentes al nuevo régimen social y político, se fundaron pueblos, guardias y fortines, y se organizaron sucesivas campañas de exterminio contra los indígenas de pampa y patagonia. Todavía queda pendiente visibilizar, denunciar, el ocultamiento y la negación de aquél genocidio. Ese silencio, esa crueldad, que duele todavía.

La producción de una forma eurocéntrica de conciencia planetaria o "global", mantiene vigencia en el pensamiento occidental. Este relato y las imágenes que presentamos, se orientan a descolonizar el conocimiento de la historia y las relaciones humanas, en un intento por proponer nuevas formas de mirar y de comprender el tiempo y el espacio desde una perspectiva atenta a las relaciones de dominación impuestas sobre los pueblos indígenas americanos.

Pensar esta historia desde un abordaje dialéctico e historizado, nos incentivó a trabajar el concepto de zona de contacto, para referirnos al espacio de la frontera colonial, donde se dan encuentros entre personas separadas geográfica e históricamente, que entablan relaciones duraderas, en condiciones de coerción, inequidad y conflicto, en un contexto de relaciones de poder marcadamente asimétricas (Pratt, 2011).