La apropiación de la tierra en la región pampeana

“Todo símbolo de la civilización, lo es a la vez de la barbarie.”

Walter Benjamín (Berlín 1892–Portbou 1940)

Como anticipándose a las lecciones de filosofía de la Historia de Walter Benjamin (de la cual hemos extraído una frase que figura como epitafio en la lápida de su tumba en Portbou), José Hernández se preguntaba en un artículo periodístico hacia 1869: “¿Qué clase de civilización es esa que se hace anunciar con el terror de las matanzas?”[1] Si el motor de la civilización era la codicia individual vano era esperar de ella el progreso humanitario. Resultaba tranquilizadora en este proceso la imagen de un supuesto “desierto” que se conquistaba y ponía en producción con el avance del proceso civilizador sobre tierras vacías, o medianamente vacías, habitadas por “salvajes” que entorpecían el devenir irreductible del progreso, y los épicos gauchos, hombres dispersos que, en tanto marginales de la organización social de corte europeo, sin estructura familiar ni vínculos sólidos que los afincaran al lugar que habitaban y al servicio de hacendados absentistas disputaban en los márgenes de la civilización con aquellos un espacio donde pastaba un creciente número de cabezas de ganado semi–salvaje.

Hoy conocemos mucho mejor el modo de vida de los pueblos originarios en la región pampeana, así como el proceso de conquista europea de estos territorios y los avances en la ocupación de la tierra a través de las diversas “campañas” llevadas a cabo por diferentes gobiernos sobre el territorio que identificaron como un desierto. Desde el siglo XVIII, un universo social y étnicamente complejo de inmigrantes habían poblado la pampa húmeda como pastores, labradores, asalariados rurales, esclavos, comerciantes, artesanos, y una multiplicidad de sujetos sociales (sacerdotes, curanderos, funcionarios, etc.) que enhebraron el tejido social y productivo de las praderas pampeanas. En medio de la crisis política que supuso la independencia y la organización de un Estado–Nación (con guerras civiles e internacionales incluidas) el avance sobre un espacio que se había considerado como margen del sistema colonial durante casi tres siglos no dejó de producirse. ¿Por qué? En primer lugar, la pérdida de las rentas argentíferas del Alto Perú requirió la búsqueda de un sustituto encontrado en la exportación de derivados pecuarios. En segundo, aquellos que recibían los beneficios de una economía primaria de exportación eran quienes decidían las políticas del nuevo Estado, deslindados de sumisión como súbditos de un monarca.

El Estado bonaerense asumió a su cargo el control territorial de la región pampeana, determinó la estructura de gobierno y de administración del medio rural (designando a los funcionarios para los poblados rurales) y elaboró las reglas de apropiación de la tierra.

Un censo provincial realizado en 1854 mostraba que la población residente en áreas rurales con 180.257 personas duplicaba a la de la ciudad de Buenos Aires (90.076 personas) y que el sector de la provincia que mayor desarrollo demográfico había recibido había sido el que se había abierto sobre el territorio al sud del Salado (42.266 personas).[2] Después de Caseros, la disidencia de muchos campesinos siguió expulsándolos hacia territorios controlados por pueblos indígenas, pero el triunfo del proceso “civilizatorio” occidental y su razón económica basada en la renta del suelo, tornaba inviable un mundo que hiciera propietarios a los campesinos rurales, los mismos que habían puesto en valor, con su trabajo y su esfuerzo, las tierras pampeanas.

En el siglo XIX, El proceso de ocupación y puesta en producción del espacio regional mediante la instalación de grandes establecimientos productivos de tipo capitalista no fue un proceso lineal. Por el contrario, las condiciones de existencia de los habitantes de la campaña, cambiaron de forma sustantiva pero, a la vez, mantuvieron fuertes lazos con prácticas sociales comunitarias que se ejercían desde tiempos previos a la consolidación de formas de producción capitalista.

En este proceso, los intereses económicos orientados a la explotación extensiva de la tierra, y la necesidad de ajustar la fuerza de trabajo disponible a las nuevas condiciones del mercado mundial, llevaron a la incorporación de los grupos étnicos indígenas y a las familias campesinas, a los arrendatarios y a aquellos migrantes sin títulos de propiedad al nuevo ordenamiento social, mediante acciones de violencia y a través de mecanismos de cooptación.

El territorio pampeano fue durante el siglo XIX escenario del enfrentamiento entre pueblos indígenas y fuerzas militares de la frontera estatal. La valorización del factor tierra producida a partir de la nueva coyuntura internacional, no produjo, como dijimos, un efecto inmediato de adaptación y acomodación, sino un proceso de transformación que implicó negociación, competencia y conflicto.

El uso económico de la tierra de este espacio era variado: cultivos, cría de ganado, caza y recolección, tránsito mercantil, etc. Si bien los modernos sistemas agrarios poseen límites bien definidos con la propiedad privada del terreno, entre las poblaciones que ocupaban de hecho o de relativo derecho ese espacio, el territorio solía hallarse difusamente limitado. Estos límites estaban pautados por la distancia al lugar de vivienda y por los costos excesivos de los desplazamientos hasta los lugares de producción. Dentro de esas áreas, los residentes ejercían derechos territoriales en el sentido de controlar o restringir dentro de sus posibilidades el uso de uno o más recursos ambientales.[3]

Con la conformación del Estado nacional argentino, como régimen estable de dominación política, las relaciones de producción capitalistas se desplegaron sobre estas tierras y muchas prácticas consideradas "habituales" para quienes vivían en ese mundo se convirtieron en delito bajo las nuevas reglas impuestas por la violencia física y simbólica del Estado, como una nueva configuración de las relaciones sociales, como nueva instancia privilegiada para la producción y reproducción de mecanismos de dominación social. En tal sentido, concebimos la construcción de identidades sociales como parte de un proceso dinámico, relacional, inserto en contextos socio–económicos e ideológicos que le dan especificidad y sentido.

Entre los condicionantes estructurales del nuevo uso económico del territorio (la "expansión agraria") y su maquinaria de imposición[4] por un lado ("la ley"), y dinámica del proceso colonizador por el otro (“la práctica”), se abrió un área de fricción, la costumbre,[5] que era tanto práctica como ley para los desalojados (fueran estos del origen étnico que fuere).[6] Un modo de descubrir estas normas no expresadas es, con frecuencia, examinar una situación o episodio atípico.

El seguimiento de una causa delictual arroja luz sobre las normas de una sociedad, y una quiebra repentina de la paz social nos permite entender mejor los hábitos de referencia que se han roto. El Estado fundante determinó la forma en que se establecieron y legitimaron los derechos de propiedad y muchos se encontraron de súbito excluidos y marginados de sus derechos como primeros pobladores e incluso como tributarios de un estado de cosas anómico o que mutaba permanentemente en el largo proceso que devino del viejo virreinato a la República Argentina. La reacción ante estos cambios en las reglas de convivencia social produjo diferentes formas de resistencia, algunas sutiles e imperceptibles, otras violentas.


[1] El Río de la Plata, 22 de agosto de 1869 (Chumbita, H. Jinetes rebeldes. Historia del bandolerismo social en la Argentina, Bs. As., Vergara, 2000. p. 262).

[2] Mateo, J. “Pequeños ranchos sobre la pampa” en FRADKIN, R. Y otros Tierra, población y relaciones sociales en la campaña bonaerense (siglos XVIII y XIX), Mar del Plata, GIHRR–UNMdP, 1999, p. 152.

[3] Carpenter, F. L. & R. E. Mc Millan “Threshold model of feeding territoriality and test with Hawaiian naycreeper” en Science №194, 1976, p. 639.

[4] Como diría Lucien Febvre, "...el Estado se impone por la fuerza material, la fuerza policíaca, la fuerza armada, gendarmes, policías, militares, jueces."

[5] Thompson, E.P. Costumbres en común, Barcelona Crítica, 1995, p.116.

[6] Hugo Chumbita lo califica como una “grieta” entre el “orden formal y la cultura popular disidente” op. cit. p.265.